El pequeño salvaje

         

Para su noveno film, “El pequeño salvaje”, Truffaut llevaría a cabo una propuesta tan arriesgada como insólita, en las antípodas de su anterior film “La sirena del Mississipi” (1969), donde contaba con una buena historia, actores muy conocidos, fotografía en color y un alto presupuesto. En cambio, en este caso, Truffaut optó por un cine hecho a contracorriente, no sólo del que se realizaba a finales de los sesenta, sino incluso dentro de su propia filmografía: una historia intimista en blanco y negro, sin actores conocidos  y realizada con pocos medios.

          La historia de Víctor de l´Aveiron, un niño de unos once años que apareció abandonado en un bosque del Macizo Central francés, es real –como se subraya desde el inicio- y su puesta en escena está al servicio de la narración para conseguir una autenticidad documental. Para ello, Truffaut contó con dos extraordinarios colaboradores: el guionista –Jean Gruault- que había trabajado anteriormente con Roberto Rossellini, y el director de fotografía, Néstor Almendros, que realizó un brillante trabajo que nos devuelve a las imágenes del cine mudo –al que se homenajea- con esas aperturas y cierres en iris, que nos recuerdan los viejos films de Griffith o Chaplin. Todo ello, y una puesta en escena sencilla, rigurosa y honesta de Truffaut, trasciende una historia que cuesta trabajo imaginársela realizada de otra manera.

          Film realizado con una austeridad y rigor dignos de un Bresson o un Rossellini, supone un retorno de Truffaut al mundo de la infancia de “Los 400 golpes” (1959), pero si allí la historia estaba narrada desde el punto de vista del niño (Doinel-Léaud), en ésta prima la visión del adulto (Itard-Truffaut), cuyos sentimientos va diseccionando –escena a escena- el director a través de sus satisfacciones ante los progresos en la educación del niño y sus decepciones ante los fracasos. Sentimientos que quedan tamizados por la objetividad y frialdad del informe clínico que Itard-Truffaut escribe y que nos traslada a través de la voz “en off”.

          Sin embargo, Truffaut no quiso ser excesivamente didáctico con el tema, ni riguroso en la realidad de la historia, ni agobiarnos con términos clínicos. Se dedicó más bien a seguir la narración a través de los sentimientos de los tres personajes que verdaderamente importan: el doctor Itard, el pequeño Víctor y la señora Guerin. Porque en la narración existe un tercer personaje que resulta tan importante como los dos primeros: la señora Guerin, que con su paciencia y dulzura ayuda al pequeño Víctor, allí donde el doctor no llega. Su colaboración es fundamental en los progresos en la educación del muchacho y realmente es a ella a quien las autoridades conceden su custodia.

          Isla solitaria en la obra de su autor, film hermoso, sensible y plenamente logrado a pesar de sus dificultades, “El pequeño salvaje” es una de las tres o cuatro obras maestras que nos dejó François Truffaut.

elena
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