“El amor en fuga” debió de constituir, en su día, uno de los mayores fracasos de la carrera de François Truffaut, pero si bien es cierto que a la hora de juzgarlo hay que usar necesariamente la benevolencia para disculpar defectos, también cuentan, a su favor, su modestia y falta de pretensiones, su carácter nostálgico, la canción “L´amour en fuite” de Alain Souchon –leif motiv- de la película, y el repaso-homenaje que Truffaut hace de la vida de su “alter ego” Jean-Pierre Léaud, con el recuerdo, muy grato, de sus primeros pasos en las ya lejanas “Los 400 golpes” (1959) y “El amor a los 20 años” (1962), y el menos afortunado de “Besos robados” (1968) y “Domicilio conyugal” (1970).
Lo cierto es que, por desgracia, la saga de Antoine Doinel fue bajando progresivamente su registro a medida que pasaban los años y la historia iba adquiriendo un tono menos optimista y su personaje principal –ya sin la espontaneidad de “Los 400 golpes”- crecía sin madurar en la vida y se nos iba haciendo menos simpático y más insoportable. Cada nuevo film tenía menos interés que el anterior. Y consecuentemente con esto, “El amor en fuga”, último de la serie, no iba a ser la excepción: es el más flojo de todos ellos.
Partiendo de la escena del divorcio de Antoine y Christine (Claude Jade), tras cinco años de matrimonio y una primera separación, repasamos las desilusiones, rupturas y dificultades de su vida de pareja y las peculiares relaciones de Antoine con todas las mujeres que pasaron por su vida: desde su primer amor, la casi olvidada Colette (Marie-France Pisier), la chica de las Juventudes Musicales, ahora convertida en abogado en paro y ocasional prostituta, hasta su último amor, Sabine (Dorothée) la empleada de la tienda de discos. Antoine era un romántico recalcitrante, y su carácter alocado, inmaduro e irresponsable se fue manteniendo, sin apenas variación, en toda serie.
“El amor en fuga” se construye (o más bien se reconstruye) –como los trozos de la foto rota de Sabine que Antoine Doinel consigue recomponer al final de la película- a base de retazos de imágenes anteriores de la saga que Truffaut va recuperando, como si quisiera dar por cerrada la ya larga aventura de Antoine y necesitara rellenar las lagunas y que los anteriores films habían dejado en el espectador. Aunque a veces se tiene la impresión de que algún episodio está excesivamente forzado y resultaba quizás innecesario, como el reencuentro con el señor Lucien, amante de la madre de Antoine de la que se nos ofrece una nueva imagen tan inesperada como desconcertante. El resto de la narración, la situación actual, con las nuevas historias de amor de Antoine-Sabine y Xavier-Colette tiene, lamentablemente, un menor interés para el espectador.
Obra profundamente pesimista, difícil de apreciar como obra aislada y totalmente necesitada de la complicidad del espectador que haya visto las anteriores películas de la saga, para una mejor comprensión de la historia. “El amor en fuga” resulta un colofón digno en la carrera de su autor, pero algo triste, por su mirada nostálgica al pasado, su aire de despedida y cierto tono gris y de poca convicción en su realización. François Truffaut fallecería en 1984, a la temprana edad de 54 años. Nunca sabremos si, de haber vivido más tiempo, la saga de Antoine Doinel hubiera tenido continuidad, pero la realidad es que ni el personaje, ni su intérprete, Jean-Pierre Léaud, cada vez más afectado e insufrible, daban ya para mucho más.
AnibalMinucio












