El caballo de hierro (The Iron Horse), John Ford, 1924

El caballo de hierro (The Iron Horse), John Ford, 1924

Con “El caballo de hierro”, más que ante un venerable clásico del cine mudo, nos hallamos ante un film sorprendentemente vivo y, sobre todo, plenamente fordiano, donde al margen del sentido épico y espectacular con que la Fox se planteó la película, como una réplica a “La caravana de Oregón”, de James Cruze, de su competidora Paramount, realizada un año antes, encontramos ese mundo peculiar y entrañable que solo John Ford era capaz de crear y trasladar a la pantalla. 

     En principio, todo gira en torno a la figura de Abraham Lincoln, principal alentador de la idea de unir el este y el oeste de Norteamérica mediante el ferrocarril, y a quien va dedicada “El caballo de hierro”, aunque su presencia en la película queda limitada a dos breves escenas: una inicial, en el prólogo cuando todavía era sólo un abogado, con su conversación con el soñador topógrafo Brandon y el escéptico constructor Marsh, y otra posterior, ya como presidente de los Estados Unidos, en 1862, en la que toma la decisión de autorizar la construcción y posterior unión de los ferrocarriles de la Unión Pacific y la Central Pacific. De esta forma, lo que empieza como un sueño acaba por ponerse en marcha: la Unión Pacific, partiendo de Council Bluffs (Iowa) y la Central Pacific desde Sacramento (California), se encontrarán en un lugar fijado de antemano, Promontory Point (Utah).

 

     En aquella época, el ferrocarril era el símbolo del progreso y de la creación de riqueza. El medio de transporte que iba sustituyendo a las lentas y peligrosas caravanas de carromatos de los pioneros. Pero los nuevos tiempos marcaron también grandes cambios en la historia. Entre ellos, el sometimiento y la disminución de la población de los nativos americanos, en las tierras por las que iba discurriendo el “caballo de hierro”. El exterminio de los búfalos, su principal medio de vida y la presión demográfica de los nuevos colonos completaban esta imagen cambiante de la nueva América que crecía y progresaba a costa de destruir su pasado.

 

     Una primera mirada sobre “El caballo de hierro” nos descubre a un John Ford que, a sus 30 años y con 37 westerns a su espalda se embarca en esta impresionante epopeya. Ford refleja, a grandes rasgos, la historia de esta aventura, exaltando la unión de los dos ferrocarriles como un símbolo de la nueva América, pero obviando la existencia de los Estados Confederados, todavía en guerra civil contra el Norte hasta 1865 (el ferrocarril se terminará en 1869), así como la ruina de las antiguas poblaciones indígenas. Se exalta la solidaridad entre las diversas razas que intervinieron en la construcción del ferrocarril, sobre todo irlandeses e italianos, pero se reduce al mínimo la participación de los emigrantes chinos a los que precisamente se encargaban las labores más peligrosas (el manejo de explosivos para abrir túneles), e incluso indios que fueron contratados por la Unión Pacific y que Ford nos muestra muy brevemente en algún momento de “El caballo de hierro”.

 

     Sin embargo, la épica de esta historia quedó, a veces, empañada por las circunstancias que acompañaron a la construcción: intereses de los ferrocarriles por alargar el trazado para así aumentar las subvenciones que cobraban del Estado, boicots que se hacían entre las propias compañías para perjudicar a la competencia, o los intereses de los terratenientes que presionaban para que el ferrocarril pasara por sus propiedades. Todo ello queda obviado o apenas apuntado en la película.

 

     El soporte argumental de la película es realmente mínimo. Parte del sueño del señor Brandon en el prólogo, por buscar soluciones para construir un ferrocarril transcontinental, mientras dos niños juegan en la nieve: su hijo, Davy que se convertirá años después en el protagonista de la historia y Miriam, la hija del escéptico constructor Marsh. La construcción del ferrocarril vuelve a unir, años más tarde, a aquellos dos niños, que, ya adultos lograrán ver cumplidos los sueños del topógrafo Brandon.

 

     Cabe pensar que Ford realizó la película sin apenas guión, improvisando bastante sobre la marcha, a la vista de que la acción avanza, a veces con grandes saltos. Prima el aspecto casi documental del desarrollo de los trabajos, con los hombres tendiendo las vías y picando el terreno mientras cantan la canción “Drill Ye Tarriers Drill”, el montaje y desmontaje de las ciudades por donde iba discurriendo el ferrocarril, los ataques de los indios, los trenes transportando al personal hasta el final de las vías, el encuentro de los dos ferrocarriles en Promontory Point….

 

     Todo ello queda reflejado en “El caballo de hierro” (como posteriormente lo haría Cecil B. De Mille en 1939 en su “Unión Pacific) y forma parte del soporte principal de la película, ya que la aventura personal de los trabajadores extranjeros que hicieron posible esta hazaña tiene escasa consistencia dramática. Aventura personal que Ford simboliza y concreta en Davy Brandon (George O´Brien) y sus amigos el sargento Slattery (Francis Powers) y el cabo Casey (J. FarrellMacDonald).

 

     Ford llena la película de pequeños detalles que enriquecen la narración y que, en ocasiones, parecen discurrir ajenos a la misma, como la escena de los indios intentando parar el tren en marcha con una simple cuerda, la secuencia en la que el “saloon” del juez Haller se convierte en una Sala de Justicia para juzgar a la prostituta Ruby (Gladys Hulette) que ha disparado sobre un jugador de cartas que le había arrojado whisky a la cara, la escena en la que el tren pasa, en segundo plano, mientras unos soldados terminan de cavar con evidentes prisas y desinterés varias tumbas, o la del perro que se acerca y se tumba al lado de un indio que acaba de caer muerto. Asimismo, la pelea en el “saloon” entre Brandon y Jesson es un prodigio de ambientación y puesta en escena: la larga secuencia está montada paralelamente a la conversación entre Miriam (Madge Bellamy) y Brandon en la que éste le acaba prometiendo precisamente que no peleará con Jesson.

 

     El humor, tan apreciado y utilizado en los westerns del Ford de los años 50/60 está también presente en muchas de las escenas de “El caballo de hierro”, como en el juicio en el “saloon” del juez Haller o la visita al dentista de los amigos de Brandon. Como simples anécdotas quedan el plano realizado con la cámara enterrada bajo las vías y el tren acercándose a toda velocidad,  para el que Ford tuvo que retirar seis traviesas de la vía, o la circunstancia de que el verdadero héroe de “El caballo de hierro”, Brandon –de adulto- hace su aparición como jinete del Pony Express cuando ya van transcurridos 47 minutos de película.

 

     Señalar finalmente la existencia de dos versiones de “El caballo de hierro”: la norteamericana, de 150 minutos y la versión internacional de casi veinte minutos menos y para la que se utilizaron además tomas desechadas de la versión “oficial”. Esto era una práctica habitual en las películas rodadas en aquella época. Pero lamentablemente, se ha editado en DVD la versión menos favorecida.

                                                                                                                    

                                                                                                            Innisfree

                                                                                                      

 

 

TITULO ORIGINAL.- The Iron Horse. PRODUCCION: USA (Fox Film Corp. 1924). ARGUMENTO: Charles Kenyon y John Russell. GUION: Charles Kenyon. FOTOGRAFIA: George Schneiderman y Burnett Guffey. INTERPRETACION: George O´Brien (Davy Brandon), Madge Bellamy (Mirian Marsh), Charles Edward Bull (Abraham Lincoln), Cyril Chadwick (Peter Jesson), Will Walling (Thomas Marsh), Francis Powers (sargento Slattery), J. Farrell MacDonald (cabo Casey), James Gordon (señor Brandon), Winston Miller (Davy, niño), Peggy Cartwright (Mirian, niña). DURACION: 150 minutos (133 minutos en la versión internacional).

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